“Bastardía. Muescas de los años del rocanrol” es la antología poética del escritor, músico y activista riojano Enrique Cabezón, publicada por Bala Perdida Editorial. obra que recopila textos y poemas íntimamente ligados a su trayectoria musical como cantante y letrista de la banda de rock enBlanco, funcionando como un diálogo entre la crudeza del rock y la sensibilidad lírica.
Hace unos días he podido charlar con él sobre dicho lanzamiento y profundizar en el contexto y los recursos estilísticos. Una entrevista muy amena, sincera y con mucha verdad.
Quien haya seguido al detalle tu trayectoria profesional como ilustrador, historietista, escritor, editor, diseñador gráfico y poeta habrá llegado a la conclusión que eres lo más parecido a un dinamizador cultural, un altavoz de la producción cultural, que conecta el arte con la sociedad para intentar transformar la forma de pensar, estimular la participación ciudadana y lograr que la cultura se convierta en un elemento de vertebración social.
¿Cómo se logra convertirse en una persona tan polifacética? ¿Es necesario practicar el autodidactismo, aprender de forma independiente, leyendo libros y explorando intereses culturales variados sin miedo a equivocarse?
La verdad es que me resisto a identificarme con etiquetas como dinamizador cultural. Suena a cargo institucional, y ya puedes imaginar lo que pienso de eso. Yo siempre escribo dinamitador, por lo que sea. Yo solo he intentado, desde muy joven, no dejar de hacer lo que me pedía el cuerpo. La etiqueta de polifacético o heterodoxo es algo que te pone la gente, pero en el fondo es simple curiosidad y necesidad de expresión. Si tienes algo que decir, buscas el medio que mejor se adapta a ese mensaje; a veces es un poema, otras un dibujo, un cómic, una canción o un fanzine. No me he puesto límites ni he querido encasillarme, y el autodidactismo ha sido fundamental.
No he tenido más remedio que aprender a base de prueba y error, de leer compulsivamente y de equivocarme. Aprender de forma independiente te da una libertad que los circuitos académicos a menudo parecen coartar, aunque hay mucho de autocensura y vagancia en eso. No lo digo como un mérito, ojo. Es que no se me daba bien hacerlo de otra manera, y hay mucho tiempo perdido y muchos callejones sin salida en ese camino. Pero al menos son míos. Leer y escuchar a los que me precedieron, desde los clásicos hasta los más marginales, ha sido mi verdadera formación.
¿Te consideras una persona de curiosidad insaciable y que está buscando continuamente formas de incorporar nuevas habilidades en tu vida diaria?
Sí, creo que es la única manera de no volverse un autómata. La curiosidad es lo que te mantiene vivo y me ha llevado a entender la poesía como un acto antropológico, como un rito de supervivencia. Siempre estoy escarbando en cosas nuevas, leyendo a autores que no conozco, escuchando música que me resulta extraña, aprendiendo técnicas de dibujo o diseño. Es como una necesidad física. No es por acumular habilidades por acumular, sino porque cada cosa nueva que aprendes te cambia la forma de mirar y estar en el mundo, y eso, tal vez peque aquí de ingenuidad, se acaba reflejando en todo lo que haces.
De todas las obras literarias que has ido publicando, ¿cuál es la que más te sientes satisfecho contigo mismo y te trae buenos recuerdos?
Podría decir que “Bastardía” porque es lo más reciente y siento que condensa gran parte de lo que soy, pero si hablo de buenos recuerdos, quizá Desdecir (2013) tuvo un significado especial. Era un libro tachado, una reescritura de lo ya escrito, y en cierto modo fue un punto de inflexión donde acepté que el error y el borrón forman parte del camino. Pero en el fondo, cada propuesta es un hito y guarda sus propias cicatrices. Bastardía es el que ahora mismo me representa y me reconcilia con mi pasado musical y poético, así que quizá sea este.
Hace poquito has publicado el libro “Bastardía. Muescas de los años del rocanrol”, a través de la editorial Bala Perdida. Un libro de 120 páginas con poemas inéditos y canciones de tu grupo enBlanco. Una antología poética fuertemente vinculada a tu faceta musical. ¿Cómo se germinó la idea de crear un libro tan inusual y particular?
La idea surgió de manera natural, casi orgánica. enBlanco fue y es una parte fundamental de mi vida, y las letras de esas canciones siempre tuvieron un carácter poético muy marcado. Eran poemas con música, y muchos de los poemas que escribía en mi tiempo libre tenían la misma raíz, la misma crudeza y el mismo lirismo. Un día, a propuesta con Nacho Escuín y las gentes de Bala Perdida y Furia Creattiva, me di cuenta de que tenía un montón de material que hablaba de lo mismo, de esa bastardía de la que hablamos: la de los desheredados del rock y la poesía, la de las noches de alcohol, la de la frustración y la belleza de lo marginal.
No es un libro de poemas bonitos, es un libro de memoria y supervivencia. La idea era unir esos dos lenguajes, el del poema en soledad y el de la canción compartida, para que dialogaran y se complementaran. Y así, entre la editorial, Nacho y yo, fue tomando forma la idea de Bastardía. Además, me parece un privilegio compartir colección con músicos a los que admiro como Fee Reega, Gabriel Sopeña o Aurora Beltrán.
¿Qué has querido transmitir tanto con el título como la portada del mismo? ¿Tiene algo que ver que la historia de la dinastía Borbón en España está marcada por una larga y polémica tradición de hijos bastardos e ilegítimos?
Esa es una pregunta muy buena y muy incómoda para algunos. Desde luego, el título tiene capas. La más evidente, como bien dices, es la referencia histórica a la bastarda dinastía borbónica. Esa idea de la ilegitimidad, de la degeneración del origen, me parecía perfecta para hablar de una cultura y una sociedad que se construye sobre cimientos podridos y herencias golpistas. Pero “Bastardía” va más allá de la monarquía. Es una declaración de principios. Es reivindicar la condición de bastardo, del que no encaja, del que es hijo de nadie, del que escribe desde la periferia y el anonimato. La portada, que yo mismo diseñé, buscaba ser simple, contundente, como un golpe en la mesa. Tiene que ver con la muesca, la cicatriz, la señal que deja el paso del tiempo y las hostias recibidas. Es un homenaje a un clásico del punk, claro, y a la vez un mapa de lo que duele.
¿Cuál ha sido el propósito con la publicación de esta antología poética, el crear un manual de supervivencia para desheredados del rock y de la poesía?
Has dado en el clavo. Eso es exactamente lo que es, un manual de supervivencia, pero no como el de Pedro Sánchez, que te veo venir. No para triunfar, sino para no perder la cabeza. Es un libro para la gente que se siente fuera de lugar, para los que encuentran en la música y en la poesía un refugio frente a la puta mierda de la vida normalizada y sus rutinas.
Quería que quien lo leyera se sintiera acompañado en su soledad, que viera que no es el único que ha sentido esa furia, esa melancolía y esa rabia contra un mundo que te vende una felicidad que no existe. Es un puñetazo sobre la mesa y una mano tendida a la vez. Aunque tampoco quiero venderlo como una epifanía ni un milagro. No tengo respuestas claras, ni creo que este libro las tenga. Es más bien un intento de poner orden en el desorden, y a veces ni eso. Pero bueno, ahí está.
Háblanos un poquito del contenido del mismo, hay fragmentos que pertenecen a canciones incluidas en alguno de los discos de tu banda, “Fracaso, Etcétera” “Nuestra Es la Noche” y “Enemigo Mío”. Se puede concebir a “Bastardía”, como un viaje nostálgico al corazón de lo que fue enBlanco, una destacada banda de rock y metal alternativo, que grabó tres discos y obtuvo el reconocimiento del público y crítica especializada.
Sí, “Bastardía” es un viaje, pero no una nostalgia barata o melancólica, sino más bien un ajuste de cuentas y una reconciliación. Es recorrer el laberinto de los años del rocanrol con una linterna, mirando a los rincones donde se acumula la mierda y también, en gran medida, la belleza. Las canciones son las señales en el camino. Desnudadas de la música, encuentran la suya propia en la composición silábica, son el corazón de la bestia. Canciones como “Diosalcohol”, “Una canción de lo que hablan todas las canciones siempre”, “Días como cuchillas de afeitar” o “Tu piel”, son parte de la misma sangre que los poemas inéditos. enBlanco no es solo una banda de amigos, es un refugio y un campo de experimentación. Y este libro es la crónica de esta batalla.
Con este libro has pretendido unir dos de tus grandes facetas, combinando la crudeza y el lirismo de la cultura rockera. ¿Consideras que ambas disciplinas son fundamentales para el desarrollo humano y a la hora de preservar la identidad cultural?
Totalmente. La música y la poesía, no son disciplinas separadas. Son la misma forma de mirar el mundo desde la propia trinchera. La una te da la energía, la brutalidad, la urgencia de gritar. La otra te da la precisión, el ritmo, la capacidad de afilar las palabras como si fuesen el filo del cuchillo. Juntas son una herramienta poderosa para entender quiénes somos y de dónde venimos. La cultura rockera, el punk, ha sido un pilar fundamental para articular discursos alternativos, para dar voz a los que no la tienen, y la poesía es su hermana gemela. Son fundamentales porque nos recuerdan que hay otras formas de vivir, de decir y de sentir, más allá de la complacencia y el consumismo.
El libro cuenta con una introducción a cargo del escritor Nacho Escuín, un poeta, escritor, profesor de universidad y agitador cultural. Una aportación que avala y contextualiza la importancia de la obra, enriqueciendo la experiencia del lector, facilitando la comprensión y ampliando el contexto. ¿Le consideraste desde el principio el idóneo para ello? ¿Te sientes identificado con su estilo propio y técnicas que utiliza?
Nacho Escuín no es el idóneo, es el único. No podía haber nadie más. Él es un amigo, un cómplice de fatigas y, además, uno de los lectores más lúcidos que conozco. Su capacidad para diseccionar un texto y encontrarle las tripas es envidiable. Su estilo es afilado y combativo, no se anda con rodeos, y eso era justo lo que necesitaba Bastardía. No quería un prólogo bonito, quería alguien que entendiera la bastardía de la que hablamos y que fuera capaz de poner el dedo en la llaga. Alguien que ha sentido las fauces de la bestia y su aliento caliente en la nuca y está dispuesto a enfrentarse a todos sus demonios. Su introducción no solo contextualiza, sino que añade una capa más de significado. Me siento profundamente identificado con su forma de entender la literatura como un acto de compromiso y de agitación.
Dejando de lado un poco “Bastardia”, me gustaría saber en qué estado se encuentra en la actualidad la banda. Habéis dado varios conciertos de regreso y qué es lo siguiente a ello… ¿Va a haber otro periodo de inactividad o tenéis en mente seguir dando actuaciones y grabar algo nuevo?
enBlanco está vivo. Hemos dado algunos conciertos de regreso, y la verdad es que ha sido una gozada. Volver a sentir la energía de esos temas encima del escenario ha sido como reencontrarse con viejos amigos a los que no veías, pero con los que siempre te has entendido porque compartes el pulso. No podemos prometer una gira eterna ni un disco nuevo a la vuelta de la esquina, porque las vidas de cada uno son complicadas. Pero la música sigue ahí, somos familia y la gasolina no se ha acabado. Seguro que habrá más conciertos, aunque nos hemos puesto un caché alto para tocar poco y bien, estamos concentrados en componer canciones nuevas, y lo que tenemos hasta ahora suena muy bien. No me gusta hacer planes muy rígidos, prefiero ir viendo cómo fluye la cosa, como siempre.
¿Cómo habéis vivido la vuelta a los escenarios? ¿Ha cambiado algo después de tantos años sin dar actuaciones en vivo juntos?
Lo hemos vivido con una mezcla de emoción y vértigo. Pensábamos que tal vez sería más difícil, que los años podían haber erosionado la química, pero fue todo lo contrario. Nada ha cambiado en esencia. La conexión sigue siendo la misma, la energía sigue siendo la misma, y esas canciones siguen sonando como si las hubiésemos escrito ayer. Quizá lo que ha cambiado es que ahora lo disfrutamos más, somos más conscientes de lo que significa estar ahí arriba, de la suerte que tenemos de poder hacerlo, de no vivirlo con urgencia y ansiedad. Y ver a la gente respondiendo, cantando temas que creíamos que ya habrían olvidado, es un subidón que no tiene precio.
Hay algo fascinante en eso, y tiene que ver con la teoría musical, pero no desde un punto de vista técnico, sino desde la vida propia de las canciones. Una canción, cuando la escribes, es tuya. Pero cuando la grabas y la gente la escucha, empieza a ser de ellos. Y si pasan veinticinco años y la gente sigue escuchándola, sigue cantándola, es que esa canción ha encontrado su propia voz, su propia razón de ser, independiente de nosotros. Nosotros solo fuimos el canal. La música tiene esa capacidad de atravesar el tiempo y el olvido, de seguir latiendo en la memoria de quienes la hicieron suya. Eso es lo que hemos sentido al volver: que las canciones no nos esperaban, ya estaban vivas. No es una declaración mística, que conste. Es simplemente que la música tiene esa capacidad de circular sin pedir permiso. Y si la gente las ha hecho suyas, ya no son nuestras. Eso no es bonito ni feo, es así. Y punto.
Para terminar me gustaría que me contarás alguna anécdota sobre un hecho curioso o inesperado que te haya ocurrido en tu trayectoria profesional.
A mí me gusta contar siempre que nadie nos dejó encajar en ninguna escena concreta, les costaba mucho, éramos, ahora no lo sé, demasiado metaleros para los roqueros, demasiado roqueros para los punk, y paradójicamente, demasiado punk para los rockeros y los metaleros, así que siempre compartimos escenario con gente de lo más diversa y curiosa. Me gusta pensar que esa es, exactamente, la esencia de la banda, huir de las etiquetas de la tribu, tratar de empujar sin complejos las canciones allí donde te lleven.
Y si todo esto suena demasiado coherente, no te fíes. Las contradicciones son lo único que tengo claro.
